La pregunta del día

Avanza el coche de delante. Detrás de mí, no hay nadie más. Con el panel al alcance de mi brazo pulso el botón del interfono.

- Buenas noches, le atiende Flor, ¿En qué puedo atenderle? – me pregunta una voz casi mecánica.

- Verá, no me voy a andar con rodeos. Cada día, al despertar, me planteo una pregunta con el objetivo de encontrar su respuesta a lo largo del mismo día.- intento explicarle.

- Disculpe, debería anotar cual es su pedido para poderlo pasar a cocina.- me interrumpe la voz mecánica.- ¿Sabe, ya, lo que quiere?
- Sí, la respuesta de la que te hablaba… aún ando en su búsqueda y me quedan apenas cinco minutos para responderla; así que, por favor, no me interrumpa.- le respondo con total tranquilidad.

- Mire señor, mi trabajo es anotar pedidos y trasladarlos a cocina. Nada más. – la voz más que mecánica parece algo irritada.

- El cliente siempre tiene…-le dejo a ella terminar.

- algo que pedir; de ahí que sea cliente. Señor, si no está interesado en ninguno de nuestros productos deberé pedirle que deje el panel libre para clientes que quieran solicitar nuestros servicios.- responde la voz increíblemente mecánica.

Buen momento para arrancar y marcharme con una respuesta. No, en todo el universo no podemos ser los más; a lo sumo, estaremos dentro de la más meridiana mediocridad. Sin embargo, la norma ya la establecí en su día: si tengo la menor duda, debo buscar la respuesta hasta el puntual final del día.

- Por favor, respóndame a una pregunta y me iré.- intento negociar con esa especie de mecanismo vocal.

- Dígame.

- ¿Podríamos ser, los seres humanos, la especie más inteligente del universo?

Quedan tres minutos para las doce de la noche y los segundos son damas de compañía del silencio.

De repente, escucho una voz casi mecánica diferente. Debe ser el jefe.

-… ¿por qué no llegan pedidos a cocina?

- el cliente aún esta eligiendo.- responde a su vez la segunda voz.

- pues que no tarde; que hay cola hasta la esquina.

Cierto, detrás de mí veo los faros de un coche al que le siguen unos cuantos vehículos más. Debe darse prisa. Quedan dos minutos.

- ¿Puede responderme, por favor?- intento apremiarle.- quedan apenas dos minutos…
- No puedo responderle: no conozco al más inteligente de este planeta.

- Pero… ¿cómo especie? ¿Cree que el ser humano puede ser la especie más inteligente del universo?-vuelvo a repetirle.

- Esto me puede costar el trabajo. Por favor, le pido, circule y deje pasar a los otros clientes.

- Bien, le doy un minuto para responderme; es lo que me queda. Mientras, para darle tiempo a pensar iré pidiendo todo lo que salga en vuestro, si podemos llamarlo así, menú.

Empecé a recitarle todos los productos que se me ocurrían. No me gustaba la comida que vendían ahí; así que, como mi repertorio era bastante limitado, opté por añadirle un “Mc” a todo.

30 segundos. Silencio al otro lado. Un claxon rompe la noche. Si esta es la última pista que me da el día; la respuesta seguirá siendo que no, que no lo somos.

15 segundos.

- ¿Y bien? ¿Somos los más inteligentes?- le pregunto.

- Si lo somos; no hacemos más que demostrar lo contrario.

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Tinta y papel

El papel resplandecía de tal forma que cegaba al bolígrafo. Ante mi, se estaba librando una pacífica batalla. Veía y escuchaba a la tinta buscando a ciegas la superficie de un folio que se mostraba suplicante.

 

- Déjame en blanco, por favor.- rogaba el papel en silencio.

- Déjame formar parte de ti – le pedía la tinta -. Contigo escribiré una historia que querrás revivir tantas veces como letras escriba sobre ti. El punto y final, te prometo, será tan dulce como nuestra experiencia compartida. Cuando recuerdes y revivas nuestra historia, evocarás, te lo aseguro, una calmada sonrisa. Y, al mismo tiempo, sentirás la alegría de haber vivido, ya lo verás.

- No me marques -le imploraba el papel-. Mi otra cara esta herida por tinta roja. Deja, por favor, que esta cara mía se mantenga intacta. Si fueras un lápiz, con su tacto superficial, te dejaría arrastrarte sobre mí y gozaría de tus errores y de las cosquillas de la goma de borrar. Pero, eres un bolígrafo con una punta demasiado afilada. A lo mejor, me atraviesas o, a lo mejor, hierras sobre mí. ¿Y después? Dime. ¿Que haré cuando quede marcado por ti?

- Dejarte llevar por la calidez del recuerdo y mostrar tu historia ante aquellos ojos que quieran leerte.

- Si fueras un lápiz…-le repitió el papel al bolígrafo.

- Si fuera un lápiz; no llegaría a calar en ti. Hagamos una cosa, si no te gusta el principio de esta historia te prometo que la dejo y llamo al lápiz que tu escojas.

- Tan especial te crees que supones que sólo tienes bonitas historias que contarme.-se revolvió el papel arrugándose un poco.- Todo tiene un final y yo no querría conocer más que aquél que dictamine la goma de borrar: mi anestesia existencial.

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Una tipa normal

Soy la típica persona normal. Aquella con la que cruzas una fugaz mirada por la calle. O aquella que esta por delante de ti en la cola. Quizás, he sido la que se ha sentado junto a ti en el tren o la que te sujetó la puerta del cajero. También podría haber cruzado contigo el mismo paso de peatones. O lo mejor era ese alguien que comió en la mesa de al lado. Con todo, soy una imagen etérea en tu recuerdo. Y lo voy a seguir siendo. Yo me quedo a este lado, sabiendo que soy esa persona normal que tubo la fortuna, o la mala suerte, de llegar a escuchar.

Vivía la madrugada cuando el rugido de un reactor de avión parecía perforar el techo. Protegida por las miles de plumas del edredón, escuché como se acercaba cada vez más. Lo imaginaba en la azotea, aplastando lentamente el edificio, y con ello, acercándose cada vez más a mí. De pronto, me rodeo. Estaba en todos los lugares y en ninguno, ni lo veía, ni lo palpaba; pero, estaba ahí, aquí, en todos los lugares. Y, cuando mis tímpanos parecía que iban a ceder ante aquella intensidad sonora: una caricia en mí conciencia me desprendió de todo malestar. Todo se volvió nítido, ni si quiera el ruido de mí propia vida enturbiaba lo que escuchaba. Cientos de conciencias entraron en el radar de mi pensamiento. Os escuchaba. Aquella tipa normal, con la que en algún momento podrías haberte cruzado, había entrado en ti y te había descubierto. Nos había descubierto.

Poco tiempo necesité para cansarme de aquella involuntaria intromisión en mentes ajenas. El hartazgo pronto apareció. Aborrecí de una manera poco normal al género humano. Y me rebaje a implorarle al azar que convirtiera todo aquello en nada más que un sueño y no en una eternidad de infinitas conciencias que para siempre debiera sufrir. Lo imploré y se me concedió.

Demasiado tarde. El daño ya estaba hecho; una certidumbre había cuajado en mi cabeza: si se pudieran pesar los pensamientos, encontraríamos que la mayor parte de ellos no tienen contenido, que son leves en tanto que están vacíos y que pocos se sentirán orgullosos de ellos sabiendo que yo, esa tipa normal, los ha escuchado.

Neguémoslo. Pensemos.

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Descensor

El espejo del ascensor no me reconoce con sinceridad. Estoy detrás de esta imagen; pero no en ella. Los ojos que miran dentro de mi no son conscientes de su existencia. Las dos manos derechas, una caliente y otra fría, que con un mismo movimiento acarician la superficie fría del espejo no me revelan más que fronteras: entre mí misma y el reflejo, y, entre mí reflejo y este cuerpo.

Egocéntrica metafísica rota por dos notas electrificadas. Las puertas del ascensor se abren ante una mujer envejecida quizás por el insomnio, quizás por los dolores de cabeza o quizás por todo a la vez y sólo por la hipoteca.  No lleva bolso, con lo que lo debe haber dejado junto a su mesa de trabajo. Me sonríe cortésmente y pulsa el botón que le dejará dos pisos por debajo de mí.

Ya empiezo.

Un creciente sentimiento de repulsión me arranca lentamente de mí estabilidad. Su ropa miente; dice de ella que es una persona centrada, rigurosa y perfeccionista, mientras que sus ojos velados por un disimulado aburrimiento y su sonrisa protocolaria me abofetean con vulgaridad. Podría iniciar una conversación y, con ello, rebajar aún más la imagen que tengo de ella. Pero que más da cuando nada de lo que pueda hacer nos vaya a beneficiar más que este silencio fingido.

Si encontrase la forma de hablar, mis piernas no palpitarían subiendo los quince pisos que restan de la azotea, desde donde tengo intención de gritarle al mundo: lo ciego y sordo que es.

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Sin historia

Hoy, es historia sin recuerdo; es memoria deshecha. Ahí donde había ayer, sólo queda nublada calma y nostalgia absurda. Hoy, los que huyen del olvido se mortifican con el ayer, “Que diferente debería haber sido- Suspiran”. Al tiempo que se enfrentan al mañana, “Que diferente debería ser.- Imaginan”. Sin embargo, también los hay que evocan constantemente el pasado; son los fantasmas de otra vida.

Con todo, la amnesia es la práctica más extendida en esta sociedad.

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Absurdo pensamiento y seria imaginación

Cuando pienso juego con lo absurdo y sólo cuando imagino pienso seriamente. Pues si todo esto es un sinsentido; el sentido esta velado por lo que no es. Entonces, la realidad suele ser -para el que imagina- una inoportuna intromisión; salvo en las ocasiones en las que aquello que se ha imaginado conquista la realidad. Y es que ser idealista se torna en una lucha contra lo impuesto. Y será que los que dicen pensar por nuestro bienestar juegan continuamente con lo absurdo sin llegar nunca a imaginar lo serio que hay en el pensamiento. Por eso pienso que la imaginación es el motor del cambio y que el pensamiento acerca de lo absurdo como mucho puede llegar a ser simple -o compleja- crítica de la realidad impuesta. Y es que lo difícil, es concebir el cambio desvinculado de lo absurdo; pues así nos lo han enseñado…

 

Con todo, resulta que sólo estoy imaginando seriamente.

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Cena compartida

Un par de cervezas para la mesa 8. Como la mayor parte de las mesas, durante el domingo por la noche, está ocupada por una pareja compuesta por un representante de cada sexo. No obstante, está difiere en un punto concreto con las demás; su media de edad ronda los 55 años, quedándose con gran parte de estos años la abuela del chico que le acompaña. Ella habla animadamente mientras su nieto le mira con alegre interés. No es la primera vez que salen a cenar juntos; pero, sí, la tercera. Todo empezó cuando el chico acudió a la casa de ella totalmente apesadumbrado. Eran las 12 de la noche y acababa ponerle punto y final a una relación de cinco años con la que había sido su primer amor.  No quería volver a su casa mientras quedasen posibilidades de encontrarse en ella a alguien despierto; pues, su estado suscitaría preguntas que no quería responder. Su abuela, estaba al tanto de su relación; pero, no estaba tan apegada a su exnovia como lo estaban sus padres y, además, había tenido toda una larga vida amorosa que, tal como necesitaba en aquél momento, le infundiría confianza y transformaría aquél acontecimiento en una mera anécdota. De pronto, percibió en la imaginación la difusa figura de un nieto del futuro que recibiría en casa y al cual le hablaría de su primer amor… Fue, entonces, cuando decidió invitarla a cenar. Aquella era la tercera cena y su abuela era una conquistadora nata; había conseguido prendar a toda su atención. Por la parte de ella, ve en su nieto la posibilidad de evadirse de un hogar vacío, de salir y de disfrutar al tiempo que le rinde tributo al eterno pasado hablando con su nieto.

Un par de cafés para la mesa 5. Una pareja de conductores de autobús, o al menos esa es la profesión que sugieren sus uniformes, están teniendo una discusión acalorada. Algún nombre propio de algún político se filtra entre las mesas de alrededor. Ella, defiende con pasión la necesidad de una reformulación de las izquierdas, mientras que él ataca los cimientos mismos de la política moderna cuando afirma que no deberían haber ni izquierdas, ni derechas; pues, cualquier ideología, cree, debería basarse en un humanismo contemporáneo. A esto, ella le responde que ésta confundiendo el fin último con los medios. Discutiendo de temas políticos y de esta manera se han pasado toda la cena: cómo si con cuchillo y tenedor le hicieran la autopsia al cuerpo democrático. Sin embargo, más quisieran estar hablando de ellos mismos, confesándose y aproximándose a un nivel más sensiblemente humano. Les ha faltado valor durante años, los mismos, que llevan acudiendo a cenar cada domingo, después de trabajar, a aquél bar-restaurante de la periferia de la ciudad.

La cuenta para la mesa 4. Poco más se sabe de la pareja de esta mesa que lo que han gritado sus numerosos silencios durante la cena. Él, apenas levantó su enfurruñada mirada del plato, se desahogaba con su merluza ensartándola y arrancándole la tierna carne, convirtiendo aquél acto de comer en una acción civilizadamente salvaje. Mientras, ella, se entretenía mirando a los comensales que cenaban en las otras mesas, envidiando las sonrisas que veía florecer en sus rostros o intrigada por aquello que podían insinuarle sus personas. No es que existiesen problemas entre ellos dos, existían; pero entre ellos y las circunstancias externas de la vida, aquellas que se declaraban indómitas ante los designios de sus decisiones. La razón por la que él estaba enfurruñado era un daño colateral con importancia sentimental: ella, por accidente, le había quemado su camiseta favorita, aquella que le regaló su mejor amigo antes de marcharse a Alemania. Accidentes domésticos, pensó suspirando mientras buscaba impaciente al camarero que debía traerles la cuenta. Habían acabado en aquél lugar porque a la vuelta de la compra semanal ella le había propuesto parar a cenar intentando recompensar, de alguna manera, su error. Empero, ahora, desde aquella mesa ella tenía una vista panorámica de su rutinaria vida, vertiginosamente previsible, carente de cualquier tipo de sorpresa: en fin, a aquellas horas de la noche y en aquél lugar, su vida se le aparecía cómo una conclusión patética.

De repente, el altavoz del bar-restaurante empieza a emitir una voz masculina. Los camareros se retiran a la cocina y los clientes miran confundidos a su alrededor.

-         Señores y señoras, a continuación se les invita a participar en un concurso de parejas. El suculento premio es un viaje, con todos los gastos pagados, de tres días por la capital del buen, a veces hasta empalagoso, gusto; París. Así pues, quienes quieran participar que, por favor, se suban a su mesa y empiecen a relatar, para todos, la cena que acaban de terminar. Absténgase de describir únicamente los platos que han ingerido, ¡aquí queremos chicha sentimentalista, pasión y monólogos Sheakspereanos!

La confusión ha ido incrementando exponencialmente hasta llegar a un clímax insuperable con aquello de los monólogos Sheakspereanos. Las parejas se miran unas a otras, buscando al par de valientes que va a romper la primera lanza a favor del concurso. Está claro quienes van a ser. La mesa 4 es la única que no ha buscado a los primeros mártires afirmando, con ello, ser ellos mismos. Ella, harta de la tendencia silenciosa de su velada se ha puesto a esgrimir ante su acompañante la necesidad de hacer algo que rompa la calma estanca a la que han sido arrastradas sus vidas. Por la parte de él, conducido por cierto impulso rencoroso acepta de buen grado la propuesta y, tempranamente, se levanta sobre su silla para conquistar desde ella la elevada cota de su mesa.

-         Disculpen – empieza a hablar dirigiéndose a todos los comensales- ¿Alguien ha visto al camarero? Hace 10 minutos que espero la cuenta… 10 eternos y relativos minutos durante los cuales he estado viendo una inocente camiseta morir bajo el abrasador peso de la plancha. ¡Murió! –a partir de aquí fue excitándose cada vez más- ¡y no volverá porque está muy lejos de aquí!¡a varias horas de avión! ¡Es lamentable! ¡Alemania y mí mujer se están comiendo nuestro futuro!

A todas estas, ella, su mujer, se había encaramado a la mesa. Fingía estar enfadada con aquello que escuchaba; no obstante, le encantaba toda aquella explosión de espontaneidad y se había propuesto alimentar la llama.

-         ¡Aquí el único que se está zampando nuestro futuro eres tú! Que de tan ocupada que tienes esa boca comiendo rutina, aún deberíamos estar agradeciendo a los antiguos y a los nuevos dioses poder escuchar tu mal aprovechada voz.- dijo exagerando cada gesto cómo si en una tragedia griega se encontrasen.

-         ¡Mala mujer! – respondió fingiéndose exasperado- ¿De qué manera juegan las Parcas con el hilo de mí vida entrelazándolo al tuyo? ¡Qué lo corten ya si es que lo que han tejido para mí pasa por un destino que vea un nuevo amanecer a junto a ti!

-         ¡Oh! Cuantas estériles palabras y cuán desmesurado castigo quieres inflingirme por la mala fortuna que me deseó Zeus el día que planché con mis manos la prenda que tanto estimas. Sin embargo, Atenea ayer me susurró que no es por tal camiseta por la cual te presentas afligido; sino, por quien te la ofreció como presente. Es por tu divino amigo por quien así te presentas; pero, ¡él no murió! –pausa dramática- ¡él está a sólo tres horas de avión! Y si mañana te da la gana vas a verle y le pides que te regale otra camiseta y me dejas de dar la brasa con el tema de la plancha, porque sino, a partir de ahora, te las arreglas solito con la ropa. – terminó para observar los rostros de sus espectadores.

La mesa 4 dio por terminada su actuación y, ambos, cogidos de la mano, saludaron precariamente al público con una inclinación de cabeza. Así, los demás comensales rompieron en un tímido, en inicio, y ferviente, al final, aplauso. Una vez sentada la pareja de la mesa 4 compartieron caricias y sonrisas por encima de la mesa gozando del silencio compartido.

-         Enhorabuena mesa 4; una gran y absurda tragedia griega. – Retoma la palabra la voz masculina por los altavoces-. Agradablemente corta y contundente, tradicional en cuanto a roles pero original en cuanto al conflicto doméstico de la camiseta… Sin duda, han marcado un buen nivel de inicio, a lo mejor es que realmente ha habido dioses inspirándolos ¿Quién se atreverá, ahora, a plantarle cara a los antiguos dioses? – Algunas mesas se agitan inquietas.- Tendremos que declarar entonces nulo el concurso o otorgarles el premio a la pareja griega…

La mesa 8 comenzó a revolverse amenazadoramente bajo el inseguro pulso de la abuela que le pedía ayuda a su nieto para subir encima de ella. Tan convencida se la veía que las palabras disuasorias de su nieto morían apenas alcanzaban el sonido en sus labios.

-         ¡Oh la lá! Una cándida pareja parece entrar en el concurso. Aunque, una de las partes se muestra tímida y algo reticente… – narran los altavoces.

-         Abelardo – conjura su nombre completo interrumpiendo a la voz omnipresente – sube aquí ahora mismo o le digo a tus padres que fumas porros camuflados – amenazó a su nieto.

-         ¿Cómo? ¡no puedes decirles eso! ¿y que es esto de los porros camuflados? ¡cómo si yo fumase tabaco…!

-         No, tus padres aún no lo saben pero sabrán que lo haces…- continua con sus amenazas.

-         ¡Abuela! – le recrimina con tono lastimoso.

-         ¡No me llames abuela! ¡hoy soy tu acompañante!- le regaña ante todo el bar-restaurante.

Ante estas, el nieto viéndose contra la espada y la pared y cada vez más molesto respondió a las amenazas y de un brinco, poniendo en peligro la frágil estabilidad de la mesa, se alzó sobre ella.

-         ¡Juguemos si así lo quieres! – sentencia el nieto -. Toda una vida y tres cenas con mí acompañante, que dice no ser mí abuela, a pesar de amenazarme con contarles a mis padres una mentira peligrosa, para empezar a conocer su parte más humana, la que expone los claroscuros de su persona y la que matiza su apariencia de abuelita de cuento. – termina sonriendo -. Tal ha sido nuestra cena: el final de una farsa.

-         ¡Ay, pequeño renacuajo! ¡Aún se te ven las branquias! ¡Abandona de una vez el vientre materno y plántale cara al mundo real! – bromea la abuela-. Todas las personas, sin excepción, han construido un edificio alrededor de ellas y con sus actitudes, gestos, decisiones y acciones muestran que tipo de construcción es, con que material se ha erigido y que estilo les ha inspirado. Algunos muestran palacios, otros humildes cabañas de madera; pero, todos, mantienen, casi siempre, sus puertas cerradas. ¡Pequeño renacuajo! No olvides que incluso tú apenas muestras el interior de tu morada. – termina sin nada más que decir y mostrándose más que satisfecha.

Ambos bajan de la mesa, con más de una dificultad, recibiendo unos aplausos que suenan más firmes que los dedicados a la primera pareja, no porque a la audiencia le hubiese agradado más; sino, porque ahora sus palmas contaban con algo más de experiencia y, por ello, estaban más preparadas para ovacionar a nuevos participantes. Seguramente, con la siguiente pareja, los vítores empezarían a aparecer.

-         Bien, bien, bien. – Vuelven a hablar los altavoces-. Pareja peculiar donde las allá, con un discurso fresco en materia de naturaleza humana. Pena que poco tan se sepa acerca de la misma, sin duda, si todo se supiera de ella: tal concurso no tendría lugar. No obstante, aquí estamos, esperando a una tercera e inminente pareja. El ambiente ya se ha calentado y ahora, los siguientes participantes, podrán aprovecharse de las ascuas de las dos últimos y potentes discursos. ¿Quién se sube a la mesa?

Toca dar paso a los prudentes; los últimos que siempre quedan en liza. La mesa 5 hierve de posibilidades. Por primera vez, en toda la noche, ambos se encuentran callados, simplemente, mirándose. Los dos comparten pensamiento lo que está obstruyendo las vías de acción. Sólo un pequeño empujoncito externo y ambos bailarán sobre la mesa.

-         ¿Mesa 5? ¿Disimularéis si os digo que os veo llenos de ganas por ser los siguientes? – preguntan pícaramente los altavoces.

-         No, no disimularé – dice rompiendo con la tensión la conductora de la mesa 5 al mismo tiempo que se aúpa sobre la mesa -. Llevó toda una cena callada, aunque los vecinos de mí mesa no puedan decir lo mismo y, ahora, quiero hablar. – dice tendiéndole la mano a su compañero de trabajo desde la mesa invitándole a subir junto a ella -. Hemos debatido acerca del mundo, de sus ideologías, de su política, de su economía, de todo excepto de lo que nos trae hasta este presente. Somos prudentes o cobardes, según se mire, refugiándonos tras lo impersonal intentando salvaguardar nuestra ficticia estabilidad emocional. Pero, ¡se acabo!, el callar no me permite ser feliz y de aquí saldré con un milímetro menos de lengua si digo todo lo que querría expresar… no obstante, no torturaré a quienes habéis compartido conmigo, en este espacio, mis últimas horas de disfrazada desdicha.

-         ¡No lo digas! – le interrumpe él-. Tú lo has iniciado, y sabiendo que es lo que vas a decir a continuación, déjame terminar: hoy será el primer día de nuestra historia compartida. Sí, enmudecidas se han mostrado nuestras voces ante la magnitud de nuestros sentimientos; pero, hoy, hemos aprendido a hablar. ¡La mejor cena de mí vida! – termina exaltado acercándose a ella por un arrebato de pasión y plantándole un dulce y eterno beso.

Sobre la mesa están, abrazados y dándose besos, compartiendo con todo su público la sinceridad de sus palabras. Esta vez si, aplausos y vítores retumbaron por todo el bar-restaurante.

-         ¡Iros a un motel! – bromean los altavoces -. Tres parejas, sin duda, espectaculares e inigualables. Si nadie más quiere aventurarse a participar en el concurso, por esta noche, yo sería feliz si se dejase así el número de participación. No me gustaría exponeros a un descenso del nivel… -argumenta melosamente la voz masculina.

-         ¿Y quién a ganado el viaje a París? – preguntó el conductor desde la mesa 5.

-         Un empate técnico entre camareros acaba de dictaminar que todos son los ganadores de tal viaje a París. Enhorabuena.

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¡Y un melón!

¡Oh, melón! Todo lo habré intentado, desde el Harrypotiense “alohomora” hasta el mortal filo de la navaja. Todo lo he probado, y sigues cerrado tal cómo si fueses un par de piernas vírgenes que lo siguen queriendo ser. ¡Oh, melón! Despliega tus verdades ante mí, abre tu sabiduría a mí comprensión y déjame beber de tú zumo: fuente de todo conocimiento. Oh, oh, ¡oh, melón! Porque tal cómo estoy, sedienta, sólo me queda malvivir una existencia que jamás alcanzaré a entender. Que éstas palabras sirvan para ablandar tú armazón. Y si no quieres abrirte ante mí, por favor, desnúdate ante aquél que sabrá darle el uso más bienintencionado al conocimiento que le desveles. ¡oh, melón! Muy a mí pesar, debo advertirte de algo, si no has explicado el sentido de la vida antes de la próxima temporada, prepárate para sufrir las consecuencias de tu propia criptonita: ¡el jamón! que por un día sustituirá la mortadela de mí nevera por una pata negra que lo vas a flipar. Porque… ¿Qué narices haces tú metiéndote en todos los capítulos de malviviendo? Un jodido día te darás cuenta de que ni si quiera cobras cómo extra, capullo, que eres un capullo que no deja de chupar cámara sin ningún puto sentido. Venga, cabeza melón, dinos que mierdas tienes dentro.

P.D: Gracias, equipo de malviviendo, por darle un poquito de sentido a la vida con vuestro tan particular humor… En realidad no soy agresiva, aunque lo haya podido parecer en algún momento dado, sólo tengo un problema personal con los melones, cómo cuando tuve una piedra que si no la chupaba se ponía a arder en mí bolsillo… entonces, la chupaba y le gritaba que dejase de quemarme. Al final tuve que deshacerme de ella… y bueno, yo no quiero deshacerme de Malviviendo porque salga en cada capítulo un melón por mucho que esto me ponga agresiva y tenga ganas de ir a rociar gasolina a todo un campo de melones para después, obviamente y cómo no podía ser de otra manera, irme a encender el fogón de la cocina para imaginar un campo de melones derritiéndose.

P.D2: No, ahora sí, enserio, ¡gracias! por crear esta obra de arte.

Saludos y un beso de melón…

-Carta al equipo de la serie de Malviviendo (http://malviviendo.com/).-

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Cuentos de Castelldefels

Cómo dijo Tambor, el amigo de Bambi, si el hablar no has de agradar es mejor callar. Discúlpenme, no comprendí las palabras de Tambor. Sin embargo, si que entendí el valor del cuento chino al escuchar hablar a los caballeros y damiselas del castillo de la, supuesta, democracia.

Tras la época de Ali Marina y sus cuarenta ladrones, la era de las mil y una noches en el Saratoga y de las mil dos noches en el Riviera.  Sin olvidar, aquél período de lo que el viento no se llevó de Can’ Amerych. El príncipe azul, con su gaviota al hombro, llegó para terminar con el reinado socialista. Sin embargo, siempre veló por el bienestar de la ciudadanía desde donde allá estuviese. Preocupándose por la sutil disminución del sueldo del alcalde de la pasada legislatura, siendo consciente de los vientos de crisis que azotaban al reino, el príncipe azul criticó a aquél que desenvainó su espada para recortarle una punta a su propia corona; pues, consideró; que aquél acto era insuficiente en tiempos de crisis; que con el dinero de la punta de la corona, apenas, se podía construir un establo; y, que el lucharía por devolverle la dignidad al pueblo. Y luchó y ganó. Pero, el príncipe azul jamás hubiese podido imaginar conquistar el castillo de Castelldefels sin el apoyo de sus amigos menos políticos: la asociación de pueblerinos y pueblerinas independientes de Castelldefels. Juntos, sitiaron las puertas del Castillo, utilizaron los votos de los desprevenidos pueblerinos a modo de ariete y se hicieron con el trono del pueblo.  Se prometía una época de cambios, de regeneración y de aireamiento, o al menos eso creían y, a lo mejor, lo siguen creyendo los 5.400 pueblerinos que apoyaron en mayo, con sus inocentes papeletas, al príncipe azul; pues, resultaba harto complicado resistirse a la buena presencia y a la ingenua mirada del príncipe, menos aún, cuando ÉL prometía exigir la implantación de un tercer ambulatorio en el reino, mientras que parte de la población, por otro lado, denunciaba desde sus plazas los guillotinazos a la sanidad pública que evidenciaban la malversación de sus diezmos (o impuestos en castellano del siglo XXI) por parte de la realeza. Pero, afortunado es el pueblo donde reina la presunción de sinceridad, donde se confía en las promesas de príncipes y reyes; pues, será el único lugar donde la mentira pase desapercibida, y por consiguiente, impune. ¡Castelldefels es un pueblo afortunado!, los 5.400 ciudadanos que apoyaron al príncipe no recuerdan sus palabras cuando, en junio del 2010 declaraba insuficiente la reducción del sueldo del alcalde del momento. Allá se alza sobre su trono de palabras huecas, allá se olvida de las familias desamparadas, allá le ciega la mala, malísima, bruja del poder, allá los muros le protegen de la indignación y allá, continúa con el elevado sueldo que criticó. ¡Temer pueblerinos! El príncipe empieza a croar y sino creéis estas palabras, sólo debéis esperarle ante las puertas del Castillo y verle pegar saltitos tras las nuevas directrices que mandó la nueva reina Austeridad, cuando a finales del pasado año, se enteró que el nivel de endeudamiento del castillo de Castelldefels, o del ayuntamiento –cómo lo llama ella-, ascendía al 93,6% de los ingresos, o dicho en castellano de a pie del siglo XXI, de cada euro que se ingresa se deben: 93,6 céntimos. ¡Pobre príncipe azul! ¡Está adquiriendo un color verdoso! ¡Pobre príncipe azul verdoso! ¡No sabe en que ciénaga se ha metido! ¡Pobre príncipe verdoso! ¡Su espada se ha oxidado con tanta promesa vacía! Pero, ¡no temáis pueblerinos!, al príncipe verdoso se le ha cagado su gaviota sobre el hombro y de ahí ha extraído la idea de defender al pueblo y a los intereses recaudatorios del castillo con más mozos de establo, o mossos d’escuadra en el catalán del siglo XXi. Y se le ha vuelto a cagar en el hombro y se ha enorgullecido de los forasteros del pueblo, todos, con un elevado poder adquisitivo: desde el caballero del balón redondo, Leo Messi, hasta aquél africano que vende falsas reliquias en la playa. ¡No temáis pueblerinos! Si aparece un forastero de poca monta, los mozos de establo estarán ahí para salvarnos de su pobre y perjudicial influencia. Nadie ni nada empañará la paradisíaca imagen de la playa, ni carril bici, ni mantas repletas de reliquias, ni parkings gratuitos. Todo será maravilla y sueño bajo el influjo de su corona de punta cortada. ¿O no? ¿O todo será más de lo mismo con diferente color? ¿o los recortes presupuestarios y la deuda del castillo nos arrastrarán a la quiebra cómo ha sucedido en el reino de Sitges? ¿O, a lo mejor, el príncipe no posee la autoridad suficiente cómo para poder llevar a cabo sus ideales caballerescos? ¿O lo mejor el pueblo indignado se alza, de una vez por todas, tomando la dignidad de la que siempre ha estado privado? No lo se. Yo sólo soy una simple Cuentacuentos que explica, cómo los cuentacuentoschinos del castillo no lo hacen: la punta del iceberg de la absurda y vergonzosa historia del reino de Castelldefels.

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Conversación de restaurante

-¿Cómo está la sopa?

- Sosa, ¿y la tuya?

- Fría.

- Dirás del tiempo.

- No, del tiempo: no, está fría, no cómo si hubiese perdido su calor de camino a la mesa; sino, cómo si saliese de una nevera glacial.

- Ya.

- Sí.

- Bueno. Pese a todo, un agradable sitio ¿verdad?

- Sí, hemos hecho bien sentándonos aquí.

- Quizás, hubiese estado mejor sentarnos cerca de la puerta.

- Es verdad, ahí no haría tanto frío.

- Claro, cada vez que abren la puerta una lengua de calor se cuela.

- Ya.

- Aunque ahora que lo dices… sí que hace frío aquí…

- …

- Sería amable por tú parte ofrecerme la chaqueta.

- Entonces tendré más frío.

- Ya, supongo que me he equivocado de siglo.

- Ya, y yo. En un futuro, seguramente, nos vestiremos con ropa térmica que se calentará o se enfriará en función de la temperatura exterior.

- Yo más bien soy del pasado.

- Ah, bueno, el pasado y el futuro tienen sus cosas en común.

- Sí, son parte del tiempo.

- Y más que eso. Existió; luego, existen, y más tarde, existirá.

- Cómo nosotros.

- Exacto, cómo nosotros.

- Somos pasado y futuro.

- Te equivocas, somos la suma de ambos concentrados en el presente.

- …

- ¿Querrás postre?

- No lo se.

- Yo sí. ¿Quieres partirte algo conmigo?

- …

- Bueno, yo me pediré una fruta del tiempo.

- ¿Del tiempo? ¿No deberías decir de verano?

- Evito decir esa palabra.

- ¿Verano?

- Shhh…

- ¿Qué le pasa a esa palabra?

- Bueno, en realidad es al concepto de esa palabra a lo que le pasa algo.

- Si el verano…

- Shhhh…

- Vale, vale. Si esta estación es considerada cómo una de las mejores por la mayoría de las personas… por aquello de las vacaciones, las fiestas mayores, el buen clima…

- Dirás el buen tiempo.

- Sí. En fin, ¿por qué te parece tan mala época?

- Porque tiene final.

- Ya. Tú también tienes final.

- Pero no lo veo, no soy capaz de concebirlo, a lo mejor por eso estoy desperdiciando mí vida, aquí, pasando frío.

- Aquí, conmigo.

- No quería decir…

- Lo has dicho.

- Pero, no quería…

- Lo has hecho.

- Sólo pensaba que pasar frío no es agradable.

- Y que desperdicias tu vida aquí.

- Pasando frío la desperdicio. La vida es demasiado corta cómo para no sentirse a gusto.

- ¿No te sientes a gusto desperdiciando tú vida y pasando frió aquí, conmigo?

- Sólo quiero decir que sería un momento perfecto si la temperatura fuera diferente…

- No, lejos estaba de serlo antes; incluso, antes de que dijeras que te sentías a disgusto.

- …

- …

- ¿Lo pagamos a medias?

- Debí imaginarlo.

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