Un par de cervezas para la mesa 8. Como la mayor parte de las mesas, durante el domingo por la noche, está ocupada por una pareja compuesta por un representante de cada sexo. No obstante, está difiere en un punto concreto con las demás; su media de edad ronda los 55 años, quedándose con gran parte de estos años la abuela del chico que le acompaña. Ella habla animadamente mientras su nieto le mira con alegre interés. No es la primera vez que salen a cenar juntos; pero, sí, la tercera. Todo empezó cuando el chico acudió a la casa de ella totalmente apesadumbrado. Eran las 12 de la noche y acababa ponerle punto y final a una relación de cinco años con la que había sido su primer amor. No quería volver a su casa mientras quedasen posibilidades de encontrarse en ella a alguien despierto; pues, su estado suscitaría preguntas que no quería responder. Su abuela, estaba al tanto de su relación; pero, no estaba tan apegada a su exnovia como lo estaban sus padres y, además, había tenido toda una larga vida amorosa que, tal como necesitaba en aquél momento, le infundiría confianza y transformaría aquél acontecimiento en una mera anécdota. De pronto, percibió en la imaginación la difusa figura de un nieto del futuro que recibiría en casa y al cual le hablaría de su primer amor… Fue, entonces, cuando decidió invitarla a cenar. Aquella era la tercera cena y su abuela era una conquistadora nata; había conseguido prendar a toda su atención. Por la parte de ella, ve en su nieto la posibilidad de evadirse de un hogar vacío, de salir y de disfrutar al tiempo que le rinde tributo al eterno pasado hablando con su nieto.
Un par de cafés para la mesa 5. Una pareja de conductores de autobús, o al menos esa es la profesión que sugieren sus uniformes, están teniendo una discusión acalorada. Algún nombre propio de algún político se filtra entre las mesas de alrededor. Ella, defiende con pasión la necesidad de una reformulación de las izquierdas, mientras que él ataca los cimientos mismos de la política moderna cuando afirma que no deberían haber ni izquierdas, ni derechas; pues, cualquier ideología, cree, debería basarse en un humanismo contemporáneo. A esto, ella le responde que ésta confundiendo el fin último con los medios. Discutiendo de temas políticos y de esta manera se han pasado toda la cena: cómo si con cuchillo y tenedor le hicieran la autopsia al cuerpo democrático. Sin embargo, más quisieran estar hablando de ellos mismos, confesándose y aproximándose a un nivel más sensiblemente humano. Les ha faltado valor durante años, los mismos, que llevan acudiendo a cenar cada domingo, después de trabajar, a aquél bar-restaurante de la periferia de la ciudad.
La cuenta para la mesa 4. Poco más se sabe de la pareja de esta mesa que lo que han gritado sus numerosos silencios durante la cena. Él, apenas levantó su enfurruñada mirada del plato, se desahogaba con su merluza ensartándola y arrancándole la tierna carne, convirtiendo aquél acto de comer en una acción civilizadamente salvaje. Mientras, ella, se entretenía mirando a los comensales que cenaban en las otras mesas, envidiando las sonrisas que veía florecer en sus rostros o intrigada por aquello que podían insinuarle sus personas. No es que existiesen problemas entre ellos dos, existían; pero entre ellos y las circunstancias externas de la vida, aquellas que se declaraban indómitas ante los designios de sus decisiones. La razón por la que él estaba enfurruñado era un daño colateral con importancia sentimental: ella, por accidente, le había quemado su camiseta favorita, aquella que le regaló su mejor amigo antes de marcharse a Alemania. Accidentes domésticos, pensó suspirando mientras buscaba impaciente al camarero que debía traerles la cuenta. Habían acabado en aquél lugar porque a la vuelta de la compra semanal ella le había propuesto parar a cenar intentando recompensar, de alguna manera, su error. Empero, ahora, desde aquella mesa ella tenía una vista panorámica de su rutinaria vida, vertiginosamente previsible, carente de cualquier tipo de sorpresa: en fin, a aquellas horas de la noche y en aquél lugar, su vida se le aparecía cómo una conclusión patética.
De repente, el altavoz del bar-restaurante empieza a emitir una voz masculina. Los camareros se retiran a la cocina y los clientes miran confundidos a su alrededor.
- Señores y señoras, a continuación se les invita a participar en un concurso de parejas. El suculento premio es un viaje, con todos los gastos pagados, de tres días por la capital del buen, a veces hasta empalagoso, gusto; París. Así pues, quienes quieran participar que, por favor, se suban a su mesa y empiecen a relatar, para todos, la cena que acaban de terminar. Absténgase de describir únicamente los platos que han ingerido, ¡aquí queremos chicha sentimentalista, pasión y monólogos Sheakspereanos!
La confusión ha ido incrementando exponencialmente hasta llegar a un clímax insuperable con aquello de los monólogos Sheakspereanos. Las parejas se miran unas a otras, buscando al par de valientes que va a romper la primera lanza a favor del concurso. Está claro quienes van a ser. La mesa 4 es la única que no ha buscado a los primeros mártires afirmando, con ello, ser ellos mismos. Ella, harta de la tendencia silenciosa de su velada se ha puesto a esgrimir ante su acompañante la necesidad de hacer algo que rompa la calma estanca a la que han sido arrastradas sus vidas. Por la parte de él, conducido por cierto impulso rencoroso acepta de buen grado la propuesta y, tempranamente, se levanta sobre su silla para conquistar desde ella la elevada cota de su mesa.
- Disculpen – empieza a hablar dirigiéndose a todos los comensales- ¿Alguien ha visto al camarero? Hace 10 minutos que espero la cuenta… 10 eternos y relativos minutos durante los cuales he estado viendo una inocente camiseta morir bajo el abrasador peso de la plancha. ¡Murió! –a partir de aquí fue excitándose cada vez más- ¡y no volverá porque está muy lejos de aquí!¡a varias horas de avión! ¡Es lamentable! ¡Alemania y mí mujer se están comiendo nuestro futuro!
A todas estas, ella, su mujer, se había encaramado a la mesa. Fingía estar enfadada con aquello que escuchaba; no obstante, le encantaba toda aquella explosión de espontaneidad y se había propuesto alimentar la llama.
- ¡Aquí el único que se está zampando nuestro futuro eres tú! Que de tan ocupada que tienes esa boca comiendo rutina, aún deberíamos estar agradeciendo a los antiguos y a los nuevos dioses poder escuchar tu mal aprovechada voz.- dijo exagerando cada gesto cómo si en una tragedia griega se encontrasen.
- ¡Mala mujer! – respondió fingiéndose exasperado- ¿De qué manera juegan las Parcas con el hilo de mí vida entrelazándolo al tuyo? ¡Qué lo corten ya si es que lo que han tejido para mí pasa por un destino que vea un nuevo amanecer a junto a ti!
- ¡Oh! Cuantas estériles palabras y cuán desmesurado castigo quieres inflingirme por la mala fortuna que me deseó Zeus el día que planché con mis manos la prenda que tanto estimas. Sin embargo, Atenea ayer me susurró que no es por tal camiseta por la cual te presentas afligido; sino, por quien te la ofreció como presente. Es por tu divino amigo por quien así te presentas; pero, ¡él no murió! –pausa dramática- ¡él está a sólo tres horas de avión! Y si mañana te da la gana vas a verle y le pides que te regale otra camiseta y me dejas de dar la brasa con el tema de la plancha, porque sino, a partir de ahora, te las arreglas solito con la ropa. – terminó para observar los rostros de sus espectadores.
La mesa 4 dio por terminada su actuación y, ambos, cogidos de la mano, saludaron precariamente al público con una inclinación de cabeza. Así, los demás comensales rompieron en un tímido, en inicio, y ferviente, al final, aplauso. Una vez sentada la pareja de la mesa 4 compartieron caricias y sonrisas por encima de la mesa gozando del silencio compartido.
- Enhorabuena mesa 4; una gran y absurda tragedia griega. – Retoma la palabra la voz masculina por los altavoces-. Agradablemente corta y contundente, tradicional en cuanto a roles pero original en cuanto al conflicto doméstico de la camiseta… Sin duda, han marcado un buen nivel de inicio, a lo mejor es que realmente ha habido dioses inspirándolos ¿Quién se atreverá, ahora, a plantarle cara a los antiguos dioses? – Algunas mesas se agitan inquietas.- Tendremos que declarar entonces nulo el concurso o otorgarles el premio a la pareja griega…
La mesa 8 comenzó a revolverse amenazadoramente bajo el inseguro pulso de la abuela que le pedía ayuda a su nieto para subir encima de ella. Tan convencida se la veía que las palabras disuasorias de su nieto morían apenas alcanzaban el sonido en sus labios.
- ¡Oh la lá! Una cándida pareja parece entrar en el concurso. Aunque, una de las partes se muestra tímida y algo reticente… – narran los altavoces.
- Abelardo – conjura su nombre completo interrumpiendo a la voz omnipresente – sube aquí ahora mismo o le digo a tus padres que fumas porros camuflados – amenazó a su nieto.
- ¿Cómo? ¡no puedes decirles eso! ¿y que es esto de los porros camuflados? ¡cómo si yo fumase tabaco…!
- No, tus padres aún no lo saben pero sabrán que lo haces…- continua con sus amenazas.
- ¡Abuela! – le recrimina con tono lastimoso.
- ¡No me llames abuela! ¡hoy soy tu acompañante!- le regaña ante todo el bar-restaurante.
Ante estas, el nieto viéndose contra la espada y la pared y cada vez más molesto respondió a las amenazas y de un brinco, poniendo en peligro la frágil estabilidad de la mesa, se alzó sobre ella.
- ¡Juguemos si así lo quieres! – sentencia el nieto -. Toda una vida y tres cenas con mí acompañante, que dice no ser mí abuela, a pesar de amenazarme con contarles a mis padres una mentira peligrosa, para empezar a conocer su parte más humana, la que expone los claroscuros de su persona y la que matiza su apariencia de abuelita de cuento. – termina sonriendo -. Tal ha sido nuestra cena: el final de una farsa.
- ¡Ay, pequeño renacuajo! ¡Aún se te ven las branquias! ¡Abandona de una vez el vientre materno y plántale cara al mundo real! – bromea la abuela-. Todas las personas, sin excepción, han construido un edificio alrededor de ellas y con sus actitudes, gestos, decisiones y acciones muestran que tipo de construcción es, con que material se ha erigido y que estilo les ha inspirado. Algunos muestran palacios, otros humildes cabañas de madera; pero, todos, mantienen, casi siempre, sus puertas cerradas. ¡Pequeño renacuajo! No olvides que incluso tú apenas muestras el interior de tu morada. – termina sin nada más que decir y mostrándose más que satisfecha.
Ambos bajan de la mesa, con más de una dificultad, recibiendo unos aplausos que suenan más firmes que los dedicados a la primera pareja, no porque a la audiencia le hubiese agradado más; sino, porque ahora sus palmas contaban con algo más de experiencia y, por ello, estaban más preparadas para ovacionar a nuevos participantes. Seguramente, con la siguiente pareja, los vítores empezarían a aparecer.
- Bien, bien, bien. – Vuelven a hablar los altavoces-. Pareja peculiar donde las allá, con un discurso fresco en materia de naturaleza humana. Pena que poco tan se sepa acerca de la misma, sin duda, si todo se supiera de ella: tal concurso no tendría lugar. No obstante, aquí estamos, esperando a una tercera e inminente pareja. El ambiente ya se ha calentado y ahora, los siguientes participantes, podrán aprovecharse de las ascuas de las dos últimos y potentes discursos. ¿Quién se sube a la mesa?
Toca dar paso a los prudentes; los últimos que siempre quedan en liza. La mesa 5 hierve de posibilidades. Por primera vez, en toda la noche, ambos se encuentran callados, simplemente, mirándose. Los dos comparten pensamiento lo que está obstruyendo las vías de acción. Sólo un pequeño empujoncito externo y ambos bailarán sobre la mesa.
- ¿Mesa 5? ¿Disimularéis si os digo que os veo llenos de ganas por ser los siguientes? – preguntan pícaramente los altavoces.
- No, no disimularé – dice rompiendo con la tensión la conductora de la mesa 5 al mismo tiempo que se aúpa sobre la mesa -. Llevó toda una cena callada, aunque los vecinos de mí mesa no puedan decir lo mismo y, ahora, quiero hablar. – dice tendiéndole la mano a su compañero de trabajo desde la mesa invitándole a subir junto a ella -. Hemos debatido acerca del mundo, de sus ideologías, de su política, de su economía, de todo excepto de lo que nos trae hasta este presente. Somos prudentes o cobardes, según se mire, refugiándonos tras lo impersonal intentando salvaguardar nuestra ficticia estabilidad emocional. Pero, ¡se acabo!, el callar no me permite ser feliz y de aquí saldré con un milímetro menos de lengua si digo todo lo que querría expresar… no obstante, no torturaré a quienes habéis compartido conmigo, en este espacio, mis últimas horas de disfrazada desdicha.
- ¡No lo digas! – le interrumpe él-. Tú lo has iniciado, y sabiendo que es lo que vas a decir a continuación, déjame terminar: hoy será el primer día de nuestra historia compartida. Sí, enmudecidas se han mostrado nuestras voces ante la magnitud de nuestros sentimientos; pero, hoy, hemos aprendido a hablar. ¡La mejor cena de mí vida! – termina exaltado acercándose a ella por un arrebato de pasión y plantándole un dulce y eterno beso.
Sobre la mesa están, abrazados y dándose besos, compartiendo con todo su público la sinceridad de sus palabras. Esta vez si, aplausos y vítores retumbaron por todo el bar-restaurante.
- ¡Iros a un motel! – bromean los altavoces -. Tres parejas, sin duda, espectaculares e inigualables. Si nadie más quiere aventurarse a participar en el concurso, por esta noche, yo sería feliz si se dejase así el número de participación. No me gustaría exponeros a un descenso del nivel… -argumenta melosamente la voz masculina.
- ¿Y quién a ganado el viaje a París? – preguntó el conductor desde la mesa 5.
- Un empate técnico entre camareros acaba de dictaminar que todos son los ganadores de tal viaje a París. Enhorabuena.